Sin
preámbulos ni prólogos ni presentaciones, doy por abierta (again) esta sección.
Esta vez la idea no es contar un día a día banal y superfluo la mayoría de
veces, sino amenizar ese día a día (de acuerdo, semana a semana) con… a falta
de una palabra mejor, llamémoslo cuentos. Así pues, os dejo con el primer
capítulo de una historia llamada:
PIETRO
Y LA FÁBRICA DE PLÁTANOS
(Todo
parecido con la realidad u otra obra de ficción es pura coincidencia. O plagio)
Capítulo
1: No Easy Road
Era
un día gris. En Panocholandia abundaban los días grises. ¿Qué era
Panocholandia? Difícil pregunta; Panocholandia no tenía extensión, pero era tan
grande que la mente no podía concebirla; era completamente oscura, tanto que su
luz iluminaba hasta las sombras; y, sobre todo, Panocholandia no era nada: no
era mera piedra y tierra, no era un ser vivo, pero tenía un poco de ambas
cosas.
Como
suele ser normal en la mayoría de ocasiones (que no todas), Panocholandia
estaba habitada. Sus ciudades eran en sí mismas desconcertantes: a veces
simplemente eran una única calle extendiéndose hacia el infinito, otras, un
laberinto de callejuelas en el que Teseo jamás hubiese encontrado al minotauro.
Todo dependía del humor de cada ciudad al levantarse. Al fin y al cabo, las
ciudades tienen todo el derecho del mundo a tener un día torcido. Y quien no
esté de acuerdo, que lo discuta con una rotonda, le sorprenderá su
argumentación.
El
día que nos atañe, un… 29 de febrero de cualquier año bisiesto, uno de estos
habitantes deambulaba por las calles. Ese día los edificios habían elegido
colores sobrios, acorde con el tiempo atmosférico. Nada estridente, ni siquiera
ese bloque de pisos de la decimosexta calle contando el primer giro a la
derecha y ciento trece pasos adelante, que solía tener unos gustos, cuanto
menos, particulares en cuanto a colores se refiere.
La
persona que nos atañe caminaba con las manos en los bolsillos. Se podría
describir como una persona en la media: no muy bajo, no muy alto, no muy gordo,
no muy delgado, pelo castaño en la media de la gama de castaños, ojos del mismo
tono, dos piernas, dos brazos, dos ojos, dos orejas, una boca, una nariz. Una
persona en la media.
Sus
andares lo dirigían sin rumbo aparente. Quizá no lo tenía. Estaba en ese estado
casi de trance en el que uno se deja guiar por mera intuición, esperando que su
instinto tenga un mapa.
Chocó
con alguien. Ni siquiera levantó la vista, ni siquiera podría decir si era un
hombre, una mujer o una ingeniosa combinación de ambos. Siguió su camino
invisible. Una voz lo llamó. Una voz que conocía.
-¿Hacia
dónde te diriges hoy?
Su
amigo era, en el mejor de los casos, estrambótico. Su ropa era la combinación
más extravagante que se pudiese imaginar, en el caso de que se hubiese acordado
de vestirse. Tenía los ojos hundidos, que observaban hasta el detalle más nimio
con una fascinación que rallaba en la locura. Era, en suma, una persona
interesante.
-Aún
no lo tengo decidido. ¿Acaso sabes tú qué planeas hacer hoy? En nosotros, son
preguntas sin sentido.
-Quizá.
Pero quizá cuando esa pregunta sin sentido, sin resolución, sin ceros, obtenga
una respuesta cuando la oyes formular. Yo no me había planteado qué iba a hacer
hoy, pero tu pregunta me ha sugerido que quizá pudiera debatir sobre las preguntas.
¿No te parece un tema fascinante?
-Me
entusiasma. Por favor, un chelín de plata a quien me pegue un tiro.
-Tu
sentido del humor, como siempre, es una bocanada negra en este aire tan blanco
y anodino llamado humor. Te doy las gracias por ello. Por cierto, ¿qué tal
dirigirte a la persona con la que chocaste?
-¿Qué
persona?
-Unos
minutos antes de que nos encontráramos chocaste con alguien.
-Sí.
¿Qué importancia tiene eso?
-No
sé. Ninguna, supongo. O quizá ahora te dirijas a buscar a esa persona.
Se
miraron unos instantes. Después, salió corriendo por donde había venido. Por
dónde se había ido la persona desconocida.
Su
amigo sonrió. Después sacó un libro ajado y comenzó a leer.
Después
del primer capítulo pensaba que la historia era, cuanto menos, curiosa.
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